Pasamos por su puerta en varias oportunidades hasta que un día MisC me dice:
- ¿Has ido a lo de la vecina de enfrente?
- No, no hay nada que me interese, lo más probable que tenga todo del mismo lado
- ¿Te parece? Puede que tenga de los dos, al final es una vecina…
- mmmm…. no creo
- Vamos, crucemos!.
Y así lo hicimos, cruzamos y sin tocar abrimos la puerta, y ahí estaba…
No mide más de metro y medio, su piel es un pergamino que cuenta de historias de idas y venidas, de destierros y asentamientos en esta ciudad.
No le he preguntado, pero supongo que, por sentirse cerca de su país quiere mantener las costumbres para ella y para todos los que no acercamos a verla.
Mis ojos se abrian más y más a medida que recorría el lugar, cubierto cada milímetro cuadrado con cosas muy conocidas por mí, con aquellas que a veces extraño (=echo de menos), y que aquí no se encuentran fácilmente, aunque he de decir que bastante han avanzado en ese aspecto.
Luego de presentarnos pedimos de aquí y de allá. MisC, mirando el frigorífico me pregunta:
- ¿y una Pilsen?
y ahí mi corazón explota de emoción!!!.
Desde ese día, pasamos de vez en cuando a visitarla, le compramos “el” dulce y escuchamos su pregunta obligada:
- ¿no quieren llevarse alguna factura?, están recién hechas.
con la consiguiente consulta de MisC:
- ¿que es factura?
y mi respuesta a ambas:
- son bizcochos argentinos y no gracias, por esta vez llevamos solo el dulce.
* este es EL dulce de leche uruguayo que, para mí, es inimitable. Ni siquiera las otras marcas uruguayas pueden hacerle sombra y el placer de degustarlo, de vez en cuando, es un teletransporte para mis sentidos.